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Opinión

Los charlatanes inician su guerra contra la inflación

Por Alberto Medina Méndez

Durante algunas horas, cada ciudadano de este país intentó creer en el milagro. Pero a poco de andar se dio cuenta de que solo era otra de las clásicas farsas que estos delirantes diseñan para salir del atolladero en el que están y volver a tratar de embaucar a la sociedad.

El plan es bastante poco original. Es casi el mismo de siempre. Consiste en buscar un tema muy atractivo, construir una épica narrativa fabulosa, seleccionar un enemigo que monopolice el desprecio popular y luego armar una escenografía óptima para la elección presidencial que se avecina.

El oficialismo sabe que esta batalla contra los precios está perdida antes de empezar; sin embargo, aspira a mostrar un potente arsenal que al menos amedrente a algunos y demuestre que los “chicos malos” están acechando.

Ninguna de las medidas planteadas tiene alguna chance de éxito. Son todas ellas muy conocidas y han decepcionado estrepitosamente cada vez que han sido utilizadas. Nadie, sinceramente, espera que esto funcione. Ni siquiera los inspiradores intelectuales de estos dislates creen en esta sátira.

Estos personajes, ya famosos por sus innumerables mentiras y contradicciones, por sus obscenos despropósitos y abusos, por sus incontables delitos cometidos a cada descubierta y su ausencia de escrúpulos para decir falsedades sin que se les mueva un pelo, vienen a instalar una caricatura para que los desprevenidos les compren el “cuento”.

Parapetados en sus ridículas propuestas de antaño, disparan más regulaciones y controles de precio, aplicación de sanciones a los rebeldes, más retenciones al campo, mesas de diálogo con empresarios y sindicalistas, en definitiva, absolutamente nada novedoso.

Claro que, como la ampulosidad está en su esencia, ostentan su innegable talento para la gestación de “parábolas” que pretenden ser inéditas pero que solo alcanzan a exhibir esa dosis de creatividad que efectivamente tienen para decir lo mismo, pero apelando a esa suerte de eufemismos.

Por eso ahora se hablará del “fondo del trigo”, del “acuerdo de precios” y seguirán apareciendo en el horizonte este tipo de ideas viejas con fachadas diferentes a las que la comunidad ya se ha acostumbrado.

Como todo esto es solo una parodia, lo central de esta fase es la persuasión y en eso harán un gigantesco esfuerzo por alimentar una creencia arraigada de que los precios aumentan porque los empresarios así lo disponen.

El villano ha sido minuciosamente seleccionado ya que es casi tan detestable para la gente, como la política. Comparten el podio de los detestables y ese sí que es un éxito de la corporación política. Igualarse en reprobación a quienes generan riqueza y trabajo genuino es un mérito digno de ser destacado. Que los parásitos terminen siendo casi un sinónimo de los que ponen en juego todos los días su patrimonio es difícil de asimilar. El combate contra los especuladores es muy “taquillero”. Es que son muchos los que odian a esa supuesta “especie”, aun sin comprender la naturaleza intrínseca del comportamiento humano y de las inconfundibles similitudes que tienen todos a la hora de tomar decisiones domésticas.

En realidad, este es un plan eminentemente perverso y si no fuera porque está definitivamente destinado a un rotundo e inapelable revés, habría sido hasta astuto en términos electorales ir por este sendero, pero nadie debería hacerse ilusiones al respecto. Esta película tiene un final demasiado obvio. De todos modos, están más que decididos a llevar adelante este sangriento despliegue. Hay que entender que no se trata de un inocuo e inocente programa de estabilización monetaria y que la retórica es solo parte de este juego repleto de víctimas de carne y hueso, personas que sufren y que seguirán padeciendo las consecuencias de esta evitable calamidad.

A estas alturas no se está hablando de macroeconomía, ni de nada que se le parezca un ápice. Hay que asumir que son los individuos, las familias, y especialmente las más vulnerables las que no tienen cómo defenderse de esta tragedia cotidiana que reduce a su mínima expresión la capacidad de compra de cada habitante de este bendecido territorio.

Poco les importa a los pusilánimes del presente las angustias de tanta gente que arrancan cada mes a sabiendas de la imposibilidad de cubrir sus necesidades básicas con esos ingresos que se ganan y que el avaricioso poder político se devora para financiar a sus hordas de haraganes seriales.

Nada bueno sucederá lamentablemente. El plan tropezará, la inflación no retrocederá un solo centímetro y hasta es posible que se potencie como producto de este cruel montaje. Los que se entusiasmen infantilmente solo incrementarán su desesperanza y multiplicarán su estéril resentimiento contra otros, y al final del túnel habrá que empezar de nuevo a pensar en cómo huir de este laberinto, desde un lugar bastante peor que el actual. De la inflación se sale, primero con un diagnóstico adecuado; en segundo lugar, atacando sus causas y no sus efectos; y por sobre todas las cosas, comprendiendo que el camino de salida es largo, probablemente algo tortuoso y requiere de un coraje que la casta política actual, al menos por ahora, no solo no muestra, sino que ni siquiera parece dispuesta a transitar.

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