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‘Pocho’ Gutiérrez reivindicó la figura de Hermindo Luna, héroe formoseño

El concejal de Las Lomitas homenajeó a los caídos del 5 de Octubre y recordó al héroe oriundo de la zona, Hermindo Luna.

“Recordamos a Hermindo Luna, con este último grito “¡acá no se rinde nadie!” , uno de los defensores del ataque al Regimiento de Infantería”, escribió Gutiérrez en sus redes sociales.

Como conscripto, Luna fue uno de los defensores del ataque al Regimiento de Infantería 29 de Formosa, el 5 de octubre de 1975, donde murieron 12 soldados. Se negó a rendirse y a balazos partieron su cuerpo en dos. Su coraje define al formoseño, criado en el esfuerzo diario por salir de una pobreza que golpeaba duro.

Los Luna eran una familia humilde. En un principio vivían en el Paraje Lamadrid, del departamento Patiño, a 30 kilómetros de Las Lomitas, muy cerca de la frontera con Paraguay.

Era un punto perdido en el mapa de dos o tres casas precarias donde ni había luz. El padre albañil se las arreglaba con changas, mientras que la madre, Secundina Vázquez, era ama un casa que amasaba panes para vender por la zona. Así criaron a 13 hijos -10 varones y 3 mujeres- que a medida que crecían ayudaban en la economía familiar.

Con el tiempo, los Luna se mudaron a Las Lomitas, donde también colaboraba en sembrar para el sustento familiar. Cuando creció, con dos de sus hermanos mayores, Nicasio y Mario, construyeron un horno de ladrillos. En uno de los momentos de descanso, se dieron el gusto y se tomaron una foto. Se lo ve a Hermindo, sonriente, el primero desde la izquierda, con pantalones claros. Es una de las pocas fotos que guarda su familia.

No había podido ir a la escuela, ya que donde había nacido en un paraje donde no había ningún establecimiento educativo cerca. Además, el trabajo estaba primero. Sin embargo, se esforzó por estudiar y a los 18 pudo terminar la primaria en la nocturna de Las Lomitas.

Le gustaba ir al cine a ver películas de acción y en sus ratos libres se sentaba a dibujar y pintar, en cualquier papel que encontraba. “Lo hacía muy bien. Cuando yo era chica con mis hermanos veíamos esos dibujos y los rompíamos, de puro traviesos que éramos. Qué arrepentida estoy de no haberlos conservado”, se lamenta Jovita, su hermana.

Sin embargo, aunque le rompían los dibujos, Hermindo nunca se enojaba con sus hermanos, “era muy compinche”, recuerdan.

Le gustaba el fútbol y era hincha de River, pero no tanto por fanatismo sino porque ese era el cuadro de su madre, por quien tenía devoción. Su padre y hermanos eran de Independiente, pero nunca lograron torcer su amor por la camiseta de los millonarios.

No tenía demasiados amigos, pero todos eran muy unidos. También tenía una novia, a quien no veía demasiado, por culpa de las tareas del campo y porque el horno de ladrillos estaba lejos de su casa, cerca de un espejo de agua indispensable para la elaboración de ladrillos.

Al servicio militar

Cuando llegó el día del sorteo del servicio militar, Hermindo tenía la ansiedad a flor de piel. Toda la familia rodeó la radio. Por el número que salió, supo que le correspondía Ejército. Estaba nervioso de que lo destinaran a otra provincia como le había ocurrido a uno de sus hermanos, que debió hacer la colimba en la Marina, en la lejanísima ciudad de Buenos Aires.

Cuando le avisaron que su destino sería el Regimiento 29 de Formosa, se alegró. Se quedaría en sus pagos.

Se fue al servicio militar contento porque le había tocado un regimiento cerca de su casaEl día que partía para incorporarse al Ejército, toda la familia se levantó más temprano que de costumbre. Lo acompañaron hasta la estación del tren y lo despidieron. Lo recuerdan feliz agitando su mano por fuera de la ventanilla.

En junio tuvo unos días de licencia, que aprovechó para visitarlos. Y luego, nuevamente, partió hacia el cuartel. Sus superiores lo evocan como una persona siempre dispuesta y que disfrutaba atender la caballeriza, ya que le permitía estar en contacto con los animales.

El ataque

Ese domingo 5 de octubre de 1975, después de almorzar, los conscriptos habían jugado un partido de fútbol y se encaminaban a las duchas.

Entre ellos estaba Marcelino Torales, albañil, un chico humilde y peronista que soñaba con ser cantante como Sandro. Pero también, entre ellos, había un traidor: Luis Mayol, un santafecino que estudiaba Derecho y que era un militante montonero. Fue el que le abriría el portón de entrada a 5 camionetas con una treintena de montoneros que llegaban dispuestos, a sangre y fuego, a tomar el Regimiento.

Era la Operación Primicia, el bautismo de fuego del Ejército Montonero en pleno gobierno democrático de Isabel Perón.

Los montoneros también asesinaron a Edmundo Sosa, un joven que había cedido su franco a otro soldado porque su compañero necesitaba viajar a Clorinda para ganarse unos pesos acarreando bolsas de harina. El destino lo convirtió en una víctima del horror.

Los terroristas abatieron al sargento Víctor Zanabria que intentaba operar la radio para dar la alerta. Otro grupo asesinó a sangre fría a 5 conscriptos que dormían.

Hermindo Luna fue asesinado por el grupo de guerrilleros el 5 de octubre de 1975, cuando no se rindió y los enfrentó al grito de “¡Acá no se rinde nadie, mierda!”Cuando se dirigieron a otra de las cuadras donde descansaban soldados, se toparon con Hermindo Luna, que a sus 21 años hizo frente a 5 montoneros.

Hermindo los ve armados con sus FAL. Le gritan con furia: “Rendite, dame el arma, que la cosa no es con vos”. Luna se pone en alerta y lanza la frase en la que deja grabada todo su valor y amor por la Patria: “¡Acá no se rinde nadie, mierda!”.

Una ráfaga de ametralladora lo partió en dos. Cayó muerto sin soltar su fusil.

Los disparos alertaron a sus compañeros que hasta ese momento dormían una plácida siesta,

Algunos soldados intentaron refugiarse en los baños y los montoneros les arrojaron granadas por las ventanas.

El soldado Mayol guió a los atacantes hasta el depósito de armas, ya que el objetivo del ataque era robarlas, pero encontraron una tenaz resistencia de conscriptos.

Luego de hacerse con 18 FAL y un FAP –un número increíblemente bajo- emprendieron la retirada, temiendo que los refuerzos no demorarían en llegar. Los montoneros sufrieron varias bajas, producto del fuego de una ametralladora que los soldados habían dispuesto cerca del mástil. Uno de los muertos sería el propio Mayol, a quien su fusil se le había trabado al intentar matar al subteniente Massaferro.

Escaparon en un Boing 737 y aterrizarían en un campo por Rafaela, y en un Cessna 182 con rumbo a Corrientes.

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